Otra Odisea

Es una odisea. No cabe la menor duda. Y no me refiero a una de esas odiseas de andar por casa que los aficionados a la hipérbole vivimos con frecuencia en nuestra cotidianeidad más anodina. Me refiero a la última producción de Hollywood recreando la clásica obra de Homero. Y conste que no pretendo en lo más mínimo apurar las lecturas, ni acercarme de lejos a un análisis pormenorizado de una de las más grandes obras maestras de la literatura universal, piedra fundacional de los cimientos de la cultura helenística. Tampoco puedo hacerme cargo de realizar una crítica cinematográfica rigurosa, yo que ignoro y olvido estrepitosa y continuamente los nombres de reconocidísimos actores y actrices, así como de cineastas y guionistas de alto rango. No puedo ni quiero hacer nada de eso, y no obstante, después de ver la última adaptación al cine de la Odisea, mi estado anímico me inclina de manera irremediable a hacer una de estas tres cosas: 1) releer la obra de Homero, 2) repasarla mentalmente para revivir una y otra vez las aventuras que he visto en la película, o 3) navegar por mares iracundos y disparar con un arco a toda una caterva de impresentables. Dada la dificultad de la tercera opción, y la falta de inmediatez de la primera, me inclino por la segunda.

Uno de los carteles que me han salido en el buscador.


Para empezar, la película de Christopher Nolan dura prácticamente tres horas, lo cual de antemano, en los tiempos que corren, podría invitar al desánimo. Además, entiéndase que un adepto a la palabra escrita lleva siempre consigo algunos prejuicios contra las adaptaciones cinematográficas de obras literarias. Y es que seamos realistas: rara vez las películas son tan buenas como el libro1.

Por lo tanto, una mezcla de entusiasmo y recelo me acompañaron hasta la cola del cine. El primero se mantuvo durante las tres horas, mientras que el segundo se desvaneció en los primeros minutos. Esta nueva adaptación de la obra homérica guarda, muy acertadamente, un cierto parecido con las técnicas narrativas de la obra original: hay en ambas cambios en la voz de la narración que posibilitan la analepsis y el relato autobiográfico del héroe. Aunque esto hace que la película conserve en parte la esencia de la narración primigenia, no obstante el inesperado cambio de narratario nos desconcierta un poco, pasando del rey del país de los feacios en la historia original a la mismísima Calipso en la película. Y esto, si hemos de ponernos quisquillosos, que para eso estamos, nos obliga a preguntarnos cómo es posible que Calipso retenga a Odiseo gracias a la ingesta de flor de loto, lo que supuestamente le hace perder la memoria, y a la vez él sea capaz de recordar lo que le ha pasado y narrárselo pormenorizadamente a la ninfa.  

Sin embargo, se aprecia un intento de dotar al relato de una verosimilitud muy de agradecer y muy digna. La presencia de los dioses es mucho menos explícita que en el poema homérico, lo cual acerca el abanico de interpretaciones posibles al espectador moderno, que puede comprender la historia en términos más actuales: el destino, la toma de decisiones o el mal llamado “karma” pueden jugar el papel de los dioses. Y aunque no se podría hablar en ningún modo de realismo, ya que la historia inevitablemente está cargadita de elementos fantásticos (cíclope, gigantes, hombres convertidos en animales, fantasmas y otros monstruos), sí que es de agradecer que los soldados que van dentro del caballo de madera se ahoguen y se defequen unos encima de otros. Porque claro, en la Odisea de Homero no se cuenta apenas nada de la Guerra de Troya, pero a ver quién es el listo que hace una película a todo tren sobre la antigua Grecia y no mete la historia del caballo de Troya...

El cíclope a lo Saturno devorando.

Bueno, y ya puestos, a ver quién no mete a Agamenón con una indumentaria intergaláctica al estilo Darth Vader, protagonizando el saqueo de Troya en fabulosos momentos de acción trepidante y lleno de un sentimentalismo anacrónico. Y de paso, puesto que la toma de Troya fue un acto inhumano y despiadado, pues para dotar de profundidad ética al héroe se mete una reflexión sobre los desastres de la guerra y el arrepentimiento de haber tomado parte en tales atrocidades, justo cuando Odiseo vestido de vagabundo habla con Penélope, para postponer un poquito la escena de la venganza que todos estamos esperando. Y ya que estamos, pues también se puede prolongar la duración de la escena de la venganza, y que incluso Odiseo reciba alguna herida, para darle algo más de emoción. Y por supuesto, para que el malo sea más malo, conviene haber introducido unas notas de cobardía en el vergonzoso pasado y presente del antagonista, el cabecilla de los pretendientes.

Y así se hace otra Odisea. En parte tomando la perspectiva de la narración original, y en gran medida añadiendo fuegos artificiales junto a una banda sonora pensada para hacer que se te salga el corazón por la boca cada vez que los malogrados soldados escapan a toda prisa de otra isla maldita, rodando colinas abajo mientras el monstruo de turno les pisa los talones.

Para ir concluyendo, solo añadiré un par de cosas más. La primera, que no estaría de más que todo el mundo viera la película para pensárnoslo dos veces antes de soltar a la ligera que cualquier cosa “es una odisea”, y porque además nos acerca al mundo clásico y a los orígenes de la literatura de occidente. Y la segunda, que a ser posible se lea antes la obra de Homero, que es el orden ortodoxo que hay que seguir para sentir que uno habla con propiedad de algo.


1Que sí: que son lenguajes artísticos muy distintos. Y que el cine requiere introducir ciertos trucos para hacer la película más atractiva. Y que es normal que haya cosas en el libro que no aparecen en la peli, y viceversa. Y que además hay algunas de calidad excepcional, quién lo duda.

 

Haruki Murakami: la muerte de Kafka

 


Portadas de las ediciones que he manejado
         Quiero hablar de Murakami. Y no sé cómo. Quizás debería empezar la historia con un relato más o menos realista, en el que se destacan detalles como la música que escucha el protagonista, lo que come para desayunar y el sonido que produce un modelo determinado de vehículo. Algún componente erótico, por otra parte no estaría de más, siempre y cuando estuviera engastado en el océano de sentimientos del personaje principal, que por su parte se encuentra ligeramente perdido (valga el coloquial oxímoron) por algunos cambios drásticos recientes en su trayectoria vital, todo lo cual lo coloca en una posición desconcertante y kafkiana ante un mundo cuyas reglas son difíciles de dominar o predecir.

        Una vez hecho esto, sería conveniente añadir un elemento perturbador de la cotidianeidad, algo que apunte a lo fantástico, pero que quizás sea solo una quimera ―podría pensar el lector que se trata de alguna especie de ilusión o delirio del protagonista que después tendrá su correspondiente explicación lógica―.

Y la guinda del pastel: conversaciones culturales entre personajes que incluyen temas históricos, musicales y artísticos; otro ingrediente que hace más agradable y nutritiva la lectura para el receptor de nivel cultural medio-alto, ya embelesado solo por el hecho de ir descubriendo llamativos detalles de la cultura japonesa a lo largo del libro.

Con todo esto, y seguramente mucho más1, construye Haruki Murakami un universo único que atrapa al lector, no solo por la intriga o la curiosidad de saber qué vendrá después. Es la estrecha convivencia con sus criaturas la que te mantiene pegado al libro, con un pie en la vida real y con el otro constantemente en el maravilloso fango de ese universo mágico cultureta japonés en el que te gustaría quedarte a vivir si fuera posible (quizás sí lo sea).

Las novelas de las que puedo hablar son La muerte del comendador y Kafka en la orilla, en ese preciso orden. Son pocos los detalles que quiero dar de la trama de ambas, pero sí diré algunos ingredientes más que al menos estas dos tienen en común, como por ejemplo una casa retirada en medio de la naturaleza, la introspección profunda del protagonista hacia niveles cósmicos, y lo que permite que todo se empaste con asombrosa naturalidad y sin pérdidas de verosimilitud: la libertad poética y creativa con la que se maneja el autor.

Murakami añorando el premio Nobel,
o acordándose de su gato

Y aquí es donde esta idea de reminiscencias cervantinas me proporciona el título del presente artículo, porque el universo de Murakami, a pesar de evocar implacablemente la atmósfera de las novelas kafkianas, es un universo abierto en el que tiene cabida cualquier cosa, por inimaginable o absurda que pueda parecer. En cambio, las novelas de Kafka recrean una dimensión de la realidad marcadamente cerrada e impenetrable, angustiosa, opresora, casi asfixiante.

Así, la poética de la libertad que enarboló Cervantes, esa especie de actitud demiúrgica de mi-novela-es-mía-y-hago-con-ella-lo-que-quiero, que además se plantea con toda transparencia y sinceridad; ese mismo principio creativo le hace a Murakami dar el salto, transponer lo kafkiano a otro nivel en el que la incomprensión del mundo no conlleva necesariamente al pesimismo, sino a una ecléctica mezcla de epicureísmo y estoicismo donde la angustia vital se disuelve de manera ecuménica en encuentros sobrenaturales que parecen clamar a voz en grito: ¡Kafka ha muerto!



1Digo seguramente porque son dos los libros que hasta la fecha llevo leídos, y aunque hay rasgos comunes, da la sensación de que el autor japonés no se limita a emplear siempre los mismos trucos; sino que más bien es un artesano de la narración con multiplicidad de recursos que emplea a su antojo con un resultado siempre brillante.

Se hizo lo que se pudo

 

...Y muy a pesar de haber terminado la última entrada de este blog hace seis años diciendo que yo seguiría escribiendo, lo cierto es que no lo he hecho mucho; o quizás un sexenio no ha sido tiempo suficiente para organizarlo. Quizás a un ejercicio de soberbia desbocada debe seguir necesariamente uno de humildad silenciosa, y aunque llevaba ya un tiempo con el sentimiento de que le estoy perdiendo de nuevo el respeto a las palabras, no ha sido hasta leer Aré lo que pude, de Daniel Fuentes Casado, cuando me he convencido de que tenía que soplar el polvo (que ya no volverá a ser el polvo enamorado que era antes) al ejercicio de la malinterpretación y engrasar así la maquinaria de la maravillosa endogamia letrada.

Daniel Fuentes Casado es poeta y narrador de todas las épocas literarias a la vez, y en su poesía se condensan todas las emociones posibles a las que podría aspirar un lector cualquiera, como en una especie de umame de los sabores literarios. El amor, el desamor, la atracción sexual, la reflexión vital y la dimensión social del individuo se dan cita en una versión cómica y cósmica del dolor de pensar pessoano.

La erudición a carcajadas, así como la vida a borbotones, se abren paso entre poemas de muy distinto tono que le pueden hacer a uno tener la sensación de viajar constantemente entre extremos opuestos, como una pelota de pádel a lo largo y ancho de la experiencia humana, dando bandazos en una pulsión imparable por dominar todos los confines del cubículo donde se desarrolla el juego.

Y no se trata solamente de la envidiable capacidad para encontrar las palabras exactas, sino que además Daniel Fuentes Casado nos regala en su antología un auténtico muestrario de maneras de versificar con un profundo sentido del ritmo y la métrica que ni los antiguos poetas medievales del llamado Mester de Clerecía se podrían vanagloriar de hacerlo con más esmero1.

"Entonces serán poesías relamidas, cursis, y de una pedantería inaguantable", podrá pensar algún incauto. Nada más lejos de la verdad. La variedad de registros, tonos y métrica va en dichosa consonancia con la variedad temática, lo que confiere a todo el poemario ese aura de viaje fácil y sincero, esa auténtica enmienda en las brechas de lo cotidiano que te engancha a su conversación amiga.

Porque lo más probable, querido lector, es que si alguna vez has estado vivo y has reído, o si alguna vez has leído libros y te has enamorado; sientas que la voz poética de Aré lo que pude te está apelando a ti directamente.

Y con esto me despido. Daniel aró lo que pudo y yo prometo estarme callado, aunque solo sea por llevarme la contraria.

1“...a sílabas contadas, ca est grand maestría”: así terminó la segunda estrofa el autor del Libro de Aleixandre (siglo XIII) que se consideró el iniciador del ya mencionado movimiento poético.